21 de Mayo 2004

MUTANDIS AL APARATO

CONCIENCIA DE CLASE

Sólo los pobres de espíritu (las mujeres, los homosexuales, los negros, los sidosos) tienen conciencia de clase: de feminidad, de homosexualidad, de negritud, de enfermedad…

Los pobres de espíritu tienen disciplina, y saben lo que tienen que ser en cada momento: las mujeres, esto y lo otro; los homosexuales, aquello y lo de más allá. Son espíritus obedientes. Si se desvían de la recta heterodoxia, se les advierte y vuelven gregariamente al redil.

Los gregarios conocen en todo momento quiénes son: se lo dice el rebaño al que pertenecen, la clase en la cual se integran dócilmente. No tienen que buscar más adentro, en el pliegue oculto donde se inscriben los destinos personales: su tarea está determinada de antemano, sus cartas están marcadas.

Sólo los pobres (de espíritu) tienen conciencia (de clase): los espíritus (ricos, abundosos, indefinidos) tenemos conciencia individual. Sólo nosotros dudamos de todo, y más que nada, de nuestro lugar en la Tierra (si es que alguno hay para nosotros: los desclasados).

ESCRIBO EN TIEMPO REAL

Escribo en tiempo real. Lo difundo a medida que lo pienso. Hay una coincidencia casi total entre mi palabra y el viento que la arrastra, diseminándola por el mapamundi. Esta simultaneidad me extasía. Entro en trance. Parece que vuelo. Surgen los conceptos de mis dedos como si fueran uñas afiladas. Improviso, pero cualquiera podría afirmar que respondo a otro dictado, y no le faltaría parte de fe, parte de razón. Es una dulce sensación, esta de expandirse por los cables y los nodos, sin encontrar obstáculos. Los ecos se multiplican a mi alrededor. ¿Sueño o es que accedo a una vida superior? Estas frases me delatarán, pero no será mi yo el que se devele, sino un pálpito que late en muchas otras manos, una energía que nos circunda y mejora. Me penetra ahora un calor, una especia de humedad reconcentrada que convierte mi cabeza en una gran bola de fuego. Le doy gas. Migro. Voy pasando de existencia en existencia, actual o pasada. Disfruto. Y lo comparto. En este delirio, no estamos solos.

MI PANTALLA ME HABLA

Al principio, creí que la cosa no iba conmigo. Tras un breve parpadeo, su lisa superficie se iluminaba con algunas letras atropelladas, nada, apenas unas palabrillas de compromiso, de bienvenida, de buena voluntad. Todo parecía tan protocolario, que llegué a pensar que era un truco del webmaster, un ardid algo tosco para sentirme bien tratado, una forma de fidelizarme (como dicen los pedantes).

Pero luego, poco a poco, el paisaje empezó a cambiar. Tras las frases de rigor, empecé a adivinar las ideas que comunicaban. No eran las arquetípicas construcciones recibidas y luego transmitidas como la falsa moneda, sin darle ni quitarle un ápice de su minúsculo valor. Se me antojaban originarias, pergeñadas por quien las defendía.

Tras los conceptos, y sin que yo me apercibiera de la lenta mutación, fue perfilándose el interlocutor. En los albores, como una identidad imaginaria, como una máscara. Luego, fue arropándose con prendas prestadas por mi febril propensión a fabular, a vestir con algún ropaje a lo que, de suyo, se presenta desnudo y sin guarnición. Subrepticiamente, estaba cayendo en la trampa de mi pantalla.

Porque, en cuanto empecé a confiar en la real existencia de quien me hablaba (porque me hablaba, y era yo, el que escuchaba: aunque fuera con voces simuladas, con retazos de modulaciones por completo inexistentes), pude sentir cómo en torno a mí, alrededor de mi espalda, me crecían tallos y ramas; notaba la suave presión de los zarcillos agarrándose a mi piel para alcanzar mayor altura y, lentamente, acceder hasta mi cuello, hasta mi nuca y coronar —una tarde de abril en que miraba para otro lado— con hojas verdes mi frente atribulada.

Desde entonces vivo convertido en árbol de un bosque cuyo perímetro no puedo abarcar, pero que me acoge y me hace sentir, pensar, reír, beber con los ojos líquidos que no existen y tocar con las manos otras manos que no hay. Desde que me dejé abducir por mi pantalla, estoy abocado a esperar que suenen las palabras mágicas para volver a existir —pues, entretanto, ya no soy más que un efímero destello que brilla y que se acaba, un píxel apenas entre oceános de información…

LOS LIBROS DE MI VIDA

“Llegados a un punto, no sabe uno si forma parte de la página de un libro o de la realidad; de la página de un libro que es real, o de una realidad que sólo está hecha de literatura” (A. TRAPIELLO, Siete moderno).

Con tal concepto de la vida y su sentido, no es extraño que pocos se puedan conformar con un solo libro, pues tantos le han ido conformado. Así que vaya uno, por lo menos, por cada claro de bosque que se hizo a mi alrededor (ah, las épocas de la fundación refulgente):

Zhuang Zhi, El libro de la perfecta vacuidad. Por sintetizar todas mis líneas dispersas en un único haz de calor, que se difunde por todos lados y retorna en forma de consolación y acicate para la vida.

Séneca, Cartas a Lucilio. Por la visión del magisterio como una incitación a la búsqueda de lo mejor de cada cual. Por la apelación a una justicia más alta, que no es humana. Por la apertura de las puertas de la muerte en cuanto más alta ventana. Por las palabras: justas, aquilatadas, excelentes.

Friedrich Hölderlin, La muerte de Empédocles. Por recordarnos que toda conquista exige una previa inmolación.

Gustave Flaubert, Cartas a Louise Colet. Por defender el bastión de la creación solitaria como posibilidad de habitar el mundo de otra manera, sin cadenas ni servidumbres.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. Y sus demás novelas: por llamar al espíritu a su indagación. Por darle al heroísmo una dimensión íntima y carente de proyección exterior. Por excavar y encontrar agua. Por dárnosla a beber.

Pedro Salinas, La voz a ti debida. Por admitir que, en el amor, es necesaria ciertas dosis de distancia. Por acompasar idea y expresión en una simbiosis exacta. Por llegar en el momento oportuno, y marcharse a tiempo (cuando ya sonaban las campanas).

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego. Por permitirme admitir mis propios abismos como si fueran ajenos. Por abundar en la idea del simulacro. Por transmitirnos la idea del fracaso como una de las bellas artes.

Henry Miller, Trópicos. Por comunicarme la alegría de la escritura y de la vida en un torbellino indistinto de estímulos contradictorios. Por contagiármelo. Por invitarme a fabular mi propia vida como si estuviera pasando justo delante de mis ojos, y mientras aún está palpitando.

Elias Canetti, Cuadernos y apuntes. Por afilar con su mirada la mía. Por saber, y saberlo. Por comunicarlo. Y yo entenderlo.

J.V. Foix, Poesia. Por llevar el lenguaje hasta un extremo en el que una duda si entiende o no, y supera la tentación de resolverla.

Maurice Blanchot, El diálogo inconcluso. Por superar la dialéctica. Por quebrar la espera y mutarla en un espacio de transformación. Por devolverle a la literatura su profundidad perdida.

Jean Baudrillard, El otro por mí mismo. Por el campanazo que hizo resonar en mi cabeza, hasta entonces completamente absorta en el concepto. Por darme alas cuando más las necesitaba. Por jugar con el lenguaje, e invitarme a imitarle con mis propias palabras.

Andrés Trapiello, Diarios. Por mantener encendido el pebetero de la escritura, incluso cuando la lámpara ya hace tiempo que ha empezado a dar síntomas de agotamiento.

Peter Handke, El peso del mundo. Por invitarme a conquistar la vida cotidiana para la escritura. Por conseguirlo sin violencia ninguna. Por influirme dulcemente, sin que me diera cuenta, y seguir haciéndolo...

Otra cosa son las obras aisladas, y los personajes, que me han impresionado: El Quijote, las Analectas de Confucio, María Zambrano, todo Dostoievsky, tal o cual texto de Heidegger, el Cántico de Guillén, los trágicos griegos, el haikú japonés, el stilnovismo…

ADICTOS A LA ADICCIÓN

Al sexo, a la comida, a los gimnasios, a internet... Los adictos se multiplican por doquier. A los clásicos alcohólicos, ludópatas y drogodependientes, se les van sumando esclavos cada vez más extravagantes. Y, con ello, se va revelando la auténtica naturaleza de la adicción.

La adición no es un problema fisiológico. Ni siquiera neuroquímico. Contra lo que pontifican los "expertos" del mecanicismo médico, los transmisores del sistema nervioso son sólo eso: mensajeros. Ni pinchan ni cortan: sólo llevan el mensaje cuando se oprime la tecla adecuada.

Y la tecla es de orden psíquico. La necesidad (real o imaginaria) que tiene la mente humana de encadenarse. De tropezar mil veces en la misma piedra, sólo porque una vez ésta le resultó placentera.

Conozco el concepto de "umbral de satisfacción". Lo sé: retrocede con cada píldora que le das. En eso, se comporta describiendo una espiral: cuanto más le das, menos te devuelve. Inversamente proporcional.

Pero hay algo más. Una pulsión de la persona de abdicar de su deber de fundar con cada gesto, y limitarse a repetir. A buscar donde solía. A no esmerarse en hacer de la vida una sucesión de cimas coronadas, sino una simple cadena de infinitos eslabones.

Por eso, en cuanto percibo que protiendo insensiblemente a repetirme, doy un paso atrás y giro el volante. Pruebo rutas nuevas. Me reinvento. Para no caer en la trampa del espejismo del adicto: creer que, donde hubo, siempre hay, y seguirá habiendo. ¡Falsa ilusión! Todo muta. Nada permanece en su lugar. Lo que ahora te complace, mañana no estará.

Carpe diem... Que son cuatro días, y ya vamos por el tercero.

SABER PERDER

A medida que uno deja de crecer para empezar a hacerse viejo, se le va haciendo más y más evidente lo siguiente: que hay que saber perder.

No se trata sólo de admitir los propios límites, que también. Además, debes empezar a hacerte a una evidencia: que nunca engañarás a todos durante mucho tiempo, ni a una sola persona para toda la vida. La ficción de tus triunfos durarán lo que aguanta el funambulista en lo alto de la cuerda: un instante, acaso dos, pero en cualquier caso nada comparado con lo que soñaste para ti cuando eras joven. Ni un infierno sin salida, ni un edén continuado: a la hora de los balances, caerás en la cuenta de que tu haber siempre es inferior a lo que debes. Madurar es saberse en deuda permanente.

Por eso nos sonrojan los grandes gestos en las personas entradas en años. Les vemos, tras la corbata, el apaño: una elocuencia falsa, una vacilación, un precario equilibrio que, tarde o temprano, revelará el engaño.

Por eso, a los ancianos, la derrota del prójimo nos sabe tan dulce como la propia: existe la solidaridad en la victoria, pero es peccata minuta comparada con la que uno siente cuando perdemos todos. Aquélla suele ser fruto de la ocasión, de una rara alineación de los astros; pero ésta, ah, ésta muestra una verdad más profunda: la certeza de que todo lo que sube tiene que bajar, que la parábola es un movimiento que se describe en el tiempo y a todos nos iguala.

Por eso es imposible no sentir cierta piedad por los galácticos, a despecho de su insufrible apostura de niños mimados, o cobijar en secreto simpatía por el PP: que comprendan la mentira en que vivieron es algo que a todos, si no nos ha pasado, tarde o temprano nos acabará pasando. Su pena es también la nuestra: el saber que todo es débil, relativo y se deteriora.

Cuando volvemos a separarnos los vencidos y emprendemos cada cual el camino por su lado, es al constatar cómo asumimos las derrotas: unos (con los cuales yo sí me identifico), aceptando el error en que vivíamos, al exigir duración a lo que tan sólo podía darnos intensidad; los otros (con los que en absoluto puedo comulgar), culpando al resto del mundo de haberles apeado de su inveterado sueño de inmortalidad: a los árbitros o al grupo PRISA.

Es entonces cuando sabemos de que hay dos formas de estar en el mundo: la de quienes quieren aprender, y la de quienes sólo saben impartir lecciones. Con éstos, yo no quiero saber nada: que para mentiras, bulos, falacias y mixtificaciones, con las mías ya me basta.

FALTA ARMONÍA

Leyendo esta semana el "Tratado de armonía", de Antonio Colinas (será para compensar tanto desequilibrio interior), cae uno en la cuenta de lo alejado que suele estar de su propio centro.

Exaltado por la lectura de noticias que serán sepultadas por otras nuevas, dentro de un instante, se extravía la atención picando cualquier anzuelo, con la condición de que sea lo bastante puntiagudo como para hincarse en el paladar.

Obnubilado por la visión de un bosque catódico, en el que ni hay árboles ni hay fuentes, y donde ningún pájaro puede anidar.

Seducido por la lectura de mensajes evanescentes, no se sabe si escritos por otra mano o generados por ordenador (no hay que excluir ninguna hipótesis, incluso la de que estas palabras no estén siendo pronunciadas).

Correteando detrás de la menor promesa de satisfacción inmediata, siempre que no exija un precio muy alto en franqueza y esfuerzo de comprensión.

Nutriendo nuestra rabia acumulada por las sucesivas botefatas, más que para sanar, para enfermar del todo, y así tener razones sobradas por las que llorar.

Explayándomos en público, para que las palmaditas en la espalda retumben por dentro como caricias aunque (reconozcámoslo) de ningún modo las admitiríamos si nos las brindaran: somos demasiado orgullosos, demasiado tristes como para aceptar ya lengüetazos de consuelo.

Escribiéndolo todo con verbo florido, a ver si, por lo menos, nos halagan la elegancia de cubrirnos de ridículo por el precio de un clavel en la solapa.

Quedando abiertos a la escucha de lo que tengan que decir quienes ni nos incumben, ni nos podrían auxiliar.

Alejándonos cada vez más de la conciliación que supondría (ah, el equilibrio de los contrarios) subir un solo peldaño, y verlo todo pequeño y cubierto por una suave pátina de cariño, como ocurre con los belenes de Navidad o las maquetas de las nuevas promociones inmobiliaras, a las que les perdonamos su ingenuidad porque son meras réplicas y caben en la palma de la mano.

Leyendo el "Tratado de armonía", y percibiéndola como un eco lejano, comprendo lo desquiciados que estamos todos.

Escrito por MUTANDIS a las 21 de Mayo 2004 a las 11:32 AM