25 de Febrero 2005

SECULARIZACIÓN Y MORAL LAICA

Las múltiples tensiones sociales de la Iglesia tienen como trasfondo un cambio sociocultural que no siempre advertimos. La sociedad española ha vivido un fuerte proceso de desarrollo en las últimas décadas y ha generado una secularización de la vida y un cambio en la comprensión del hecho religioso. En las sociedades tradicionales, como la española hasta la década de los sesenta, lo religioso era determinante de la vida en todos los aspectos. No había acontecimientos personales ni regulaciones colectivas que no estuvieran impregnadas de elementos religiosos (fiestas, costumbres, leyes, valores). Dios era omnipresente en la vida de los ciudadanos, ya que todo se veía desde la perspectiva de la voluntad de Dios, asumiendo los acontecimientos en relación con su providencia. De ahí el enorme poder social de la Iglesia y sus representantes.

La secularización, no sólo para las personas sin religión, sino también para los creyentes, implica el surgimiento de una vida autónoma, profana, humana y cívica que tiene un valor por sí misma y que se vive al margen de la religión. Hay una laicización de la vida y las actividades seculares cobran valor y significación por sí mismas, sin relación necesaria con Dios. Éste
queda desplazado al ámbito religioso, que forma parte de la vida y es importante para los creyentes, pero que ya no lo abarca todo. Se es ciudadano y se puede ser persona religiosa, pero la vida social deviene
secular, laica y autónoma. Dios deja de ser referente total para la sociedad y ésta no se regula religiosamente.

Surge, por tanto, una legislación y una normatividad autónoma de la filiación religiosa. La religión sigue siendo vigente para los creyentes en el foro de la conciencia y puede inspirar sus actividades y motivar sus comportamientos cívicos, pero deja de ser el referente para la sociedad profana. Surge así una moral laica, sin teología, y una legislación que no se adecúa a los principios religiosos de muchos ciudadanos. Éstos deben contribuir a la vida pública desde sus convicciones y testimoniar y argumentar a los demás ciudadanos, pero sin caer en el error de querer imponer, vía legislación estatal, ni de sacralizar los comportamientos. Hay que discutir sobre los comportamientos sociales, no porque sean pecaminosos o no, sino con argumentos morales, humanistas y ciudadanos profanos y seculares.

Las tensiones surgen cuando algunos no asumen la nueva situación cultural y persisten en criterios propios de la época anterior. Si antes se vigilaban las costumbres para que no fuesen pecaminosas en una
sociedad religiosa, ahora se asume el rol de guardián de la moral de la sociedad.

Cuando se admite un comportamiento considerado pecaminoso, se ve esto como una afrenta y un ataque directo a la Iglesia. El problema es que una gran mayoría no acepta esa visión porque bloquearía cualquier desarrollo y autonomía de la sociedad. Si además se añade que la moral desde la que se juzga la evolución es inaceptable para una gran parte de la sociedad, incluidos muchos creyentes, se comprende el rechazo generalizado que provoca.

El problema eclesiástico es cómo encontrar un lugar en el nuevo orden social que impone la secularización, porque sus viejos roles han sido superados por la evolución. De ahí el peligro del gueto social para la jerarquía; el desprestigio creciente de doctrinas obsoletas y magisterios inadecuados; el aumento progresivo de creyentes, y también de ciudadanos, que cada vez se desinteresan más por la opinión oficial de
la Iglesia y se orientan sin referencias religiosas.

Éste es un gran reto para el cristianismo de nuestro país. También lo es para la sociedad que se ha secularizado y emancipado, pero que sigue sin encontrar una respuesta a la pregunta de quién va a ocupar el lugar que antes tenía la Iglesia a la hora de construir un orden moral justo, una sociedad más humana, y un conjunto de valores educativos y cíyicos reguladores de la conducta.

Celebramos los cuarenta años del Vaticano II y sus retos de aggiornamento y reforma de la Iglesia y de diálogo con el mundo y la modernidad, forman parte de la herencia no cumplida que hemos recibido. La paz social y la vitalidad y pervivencia del hecho religioso en nuestra sociedad, siguen dependiendo, en buena parte, de la transformación de la Iglesia española.

La jerarquía española, que tanto luchó en el Concilio contra la libertad religiosa y la consiguiente separación entre la Iglesia y el Estado, necesita asumir que la época del nacionalcatolicismo ha acabado, que vivimos en una sociedad laica y secularizada, y que necesita renovar su doctrina moral, de la que difieren en la teoría y en la praxis ciudadanos y católicos.

JUAN A. ESTRADA, Catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada.

Publicado en: Diario de Sevilla, 5 de febrero de 2005

Escrito por MUTANDIS a las 25 de Febrero 2005 a las 11:38 AM
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